Pedacitos de Felicidad
Hace unos días, una maestra me regaló unas galletas de mantequilla en agradecimiento por ayudarla con su trabajo. Son el tipo de galletas que hacen que se humedezca la boca por verlas en el mostrador, pero que nadie jamás compra.
En cuanto salí de la oficina, lo primero que hice fue enrollar las galletas para que la lluvia no fuera a afectarles, las puse a un costado mío para evitar que las gotas arruinaran la bolsa de papel y en seguida pensé “quiero compartirlas con ella, estoy seguro que le encantarán”.
Ahí fue cuando me golpeó. Comprendí que hasta la fecha, cada cosa que me gusta la he querido compartir contigo. Cada pedacito de felicidad lo quiero compartir contigo. Cada chocolate, cada rebanada de pastel…
Casualmente todo lo que me gusta, también te humedece la boca a ti y te hace feliz; yo no puedo evitar pensar en ti antes que disfrutarlo yo.
Me paralicé después de descubrir lo que en realidad sentía por ti. Ya no eran dudas; no eran pretextos y tampoco era miedo. Ahora sé que quiero compartir cada momento de felicidad contigo.
Miré la bolsa de galletas pensando en lo feliz que te haría probarlas antes que a mí y no disimulé mi sonrisa. Ahora solo falta que aceptes; que tú quieras y que me dejes compartir.